El autor

La increíble historia de Andruya

Cuando era niño vivía en un pueblo pequeño a orillas del mar. Era un pueblo pobre, con casas de madera despinta­das por la arena y barcos viejos abandonados en la playa. Todos allí vivían de la pesca. Mi papá era un gran pescador, mis hermanos eran pescadores y yo... yo quería ser poeta.

Claro que a los siete años uno no sabe bien lo que quiere. Pero si algún adulto venía y me hacía la famosa pregunta "¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?" Yo me acomodaba mis lentes gruesos y, con orgullo, contestaba:

"Quiero ser poeta, como Neruda".

A todos les causaba mucha risa mi respuesta. Y yo pen­saba que eso era bueno. Pero mi papá no se reía. Me miraba serio, muy serio. Arrugaba las cejas, resoplaba como un toro, y sin decir una palabra mandaba a mi mamá a limpiar pescado a la cocina.

El día que cumplí ocho años estaba muy entusiasmado. Había un gran paquete escondido en la alacena y yo, que me había portado muy bien todo el año, esperaba recibir un libro, un gran anotador, o tal vez una caja de lápices de colores.

Me regalaron mi primera red de pesca.

Ese fue un verano caluroso. Todos mis hermanos pescaban en la playa. Usaban sus redes tratando de atrapar pequeños camarones y cangrejitos. Yo odiaba pescar. Estaba enojado. Mi hermano Carlos era el más grande y tenía que cuidarme. Pero estaba distraído, hablando con una turista. Entonces aproveché, arrojé mi red al fondo del océano y me escapé. Corrí hasta mi lugar preferido, la vidriera de la librería en el centro del pueblo. Y allí me quedé toda la mañana, mirando las tapas de los libros.

"Viaje al Centro de la Tierra", "Las Aventuras de Tom Sawer", "La isla Misteriosa"... cada libro era la puerta a un mundo mágico y asombroso. La puerta a un mundo muy distinto al mío.

Se hizo mediodía y la señora Marta decidió cerrar la librería para almorzar. Bajó la persiana y salió llevando muchos libros viejos y mapas entre sus brazos. Haciendo malabares trató de poner la llave, pero perdió el equilibrio y, en un segundo, todo se le cayó al suelo. Cuando volteó para pedirme ayuda yo ya estaba doblando la esquina. Corría a más no poder. Me había robado un libro.

Bajé a toda prisa a la playa y me escondí en unas grutas. Mi corazón latía fuerte. Tomé el libro y me lo quedé mirando. Era mi tesoro. Apenas si sabía leer, pero el cuento tenía dibujitos que me ayudaban y mi imaginación hizo el resto. Pasé toda la tarde viajando por planetas desconocidos.

Cuando la luz del sol se convirtió en penumbra, escondí el libro tras unas rocas y salí de la cueva. Las estrellas tenían un brillo especial, que nunca antes habían tenido. Volví corriendo a casa.

Al llegar, mis padres me estaban esperando. También es­taba mi hermano Carlos. Y la señora Marta.

Esa noche, cuando todos se fueron, mi papá me miró serio. Muy serio. Arrugó las cejas y resopló como un toro. Sin mirarla, mando a mi mamá a la cocina a limpiar pescado.

Después se arremangó la camisa.

"Se te van a quitar las ganas de ser poeta", dijo.

Y se me quitaron.

...

Dedico este libro a Saint Exupéry por haberme llevado aquella tarde a un desierto muy, muy lejano a vivir una gran aventura junto a El Principito.

Cuentos de Andruya / Escritos con amor 
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